Crítica de cine: La Jungla de Cristal (Die Hard)

Escribo esta crítica un poco como homenaje a Alan Rickman, fallecido recientemente en el momento en que escribo esto. Las jóvenes generaciones lo considerarán siempre como Snape, de Harry Potter, pero para los que crecimos en los 80 Alan Rickman será para siempre Hans Gruber, el ladrón (¿quién ha dicho que fuera terrorista?) alemán que con frialdad y elegancia le amarga la vida a un policía de Nueva York más solo que Gary Cooper ante el peligro. Y es que en esta modélica película de acción en la que casi todo funciona como un engranaje perfecto, hay mucho más que un gran villano (que deja a la altura del betún a cualquier malo del tres al cuarto de las posteriores películas de acción de los 80 y los 90, e incluso de las posteriores secuelas de la saga) hay también un gran héroe. Ya que si Alan Rickman construye un villano de lujo, Bruce Willis construye un héroe de acción para la eternidad, y si alguien duda de ello, por favor, que me diga el nombre de alguno de esos héroes musculados interpretados por Van Damme, Steven Seagal, Schwarzenegger y hasta el mismísimo Chuck Norris. ¿No? ¿Ninguno? Creo que John McLane podría explicarnos por qué.

 

La jungla de cristal ha sido plantilla para la gran mayoría de las películas del género en los años posteriores, pero casi ninguna le llegaba a los talones. Ninguno de esos héroes tenía el carisma y la socarronería del policía de Nueva York que se encontraba en el peor sitio en el momento más inadecuado y ninguno de esos villanos tenía el magnetismo del ladrón (¿quién ha dicho que fuera terrorista) alemán que casi hasta el final de la película aún parecía que podía ganar.

 

Aquí no encontraremos artes marciales, ni héroes desarmados que tumban a mamporros a 17 enemigos armados. No tenemos a un malo malísimo al que hasta sus secuaces temen y que se los carga cuando fracasan como si le sobraran. Lo que sí es tenemos a un policía que es un ser humano, puede que sea un tipo duro, pero no es un superhéroe. No es un ex-fuerzas especiales, no es el número 1 de su departamento, no es un famoso agente entrenado por el gobierno (aunque eso cambiaría poco a poco en las secuelas). Es solo un tipo que empieza la película con sus problemas personales, problemas cotidianos que todo el mundo puede entender en un grado u otro, y que se topa con una situación que no esperaba y que le supera.

 

Es un grano en el culo para los malos, pero le cuesta sangre, sudor y lágrimas (literalmente) y que a pesar de las pequeñas victorias que va logrando no deja de estar en una situación desesperada en toda la película.

 

Lo que también tenemos es un malo que no es un villano de opereta. Es un asesino y un criminal como muchos de los que (por desgracia) puede haber en este mundo. No echa risotadas maléficas, no es un tipo duro que casi podría derrotar al bueno a puñetazos, ni tiene un ejército de sicarios anónimos e intercambiables. Es un criminal inteligente y planificador que ha reunido a un grupo de criminales como él, profesionales, con los que en algún momento se deja entrever que no son meros mercenarios, que son amigos, compañeros y parte del plan. No los va a traicionar para quedarse él solo con el botín. Él es la cabeza, el que ha planificado el golpe, pero esto es un trabajo en equipo. “Reina” entre los malos por puro carisma, no por violencia o intimidación (muchos de sus compañeros podrían hasta darle una paliza sin problemas) y le siguen porque saben que él es el más apto para guiar el golpe. Y todo eso está en la gran interpretación de Alan Rickman que supo darle ese carisma y apartarlo del villano típico (se dice que en el guion original Hans Gruber vestía con uniforme militar, pero Alan Rickman propuso que sería mejor que vistiera de traje y corbata).

 

Al final uno de los puntos fuertes de la película es el duelo de ingenio entre el héroe y el villano, ya sea hablando por walkie-talkie o las pocas veces que se ven cara a cara, y todo lo que rodea a ese duelo convierte a la película en una montaña rusa donde nunca sabes exactamente cuál va a ser el siguiente movimiento de los malos o del bueno. Una montaña rusa guiada con precisión por la mano de John McTiernan, que sazona con humor socarrón espectaculares escenas de acción sin necesidad del CGI con una gran factura técnica y una limpia fotografía que llega al clímax en esta gloriosa escena.

 

Por supuesto, hay que reconocer los fallos que tiene la película, en los que quizá se abunde en ciertos clichés sobre los policías, periodistas e incluso agentes del FBI demasiado tontos para darse cuenta de que son tontos y le están bailando el agua a los malos. En su esfuerzo por demostrar la gran planificación y la superioridad intelectual de los malos a veces la peli cae en mostrar personajes un tanto tópicos.

 

Aún así, estos defectos, no consiguen desequilibrar el mecanismo de relojería que mencionaba al principio. Posiblemente una de las mejores películas en su género, gracias, no solo a los tiros y a las explosiones, sino a las interpretaciones. Algo a lo que contribuyó en gran medida ese gran actor que era Alan Rickman.

 

Le echaremos de menos, pero siempre nos quedará el Nakatomi Plaza.

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~ por ultronilimitado en enero 30, 2016.

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